viernes, 18 de junio de 2010

- UNA HISTORIA DE AMOR -



Antes de comenzar con el relato de una anécdota ocurrida hace muchos años en Villa del Parque, es importante y necesario aclarar, que la misma fue solicitada en diversas oportunidades por mis amigos, y también por vecinos del barrio, tal vez por insólita y emotiva, o eventualmente, por curiosidad.

Mil perdones por escribir en primera persona, en lo posible, debe evitarse, pero en esta ocasión hubo sugerencias para que lo hiciera para darle a la historia más autenticidad y sentimiento….

Fue a mediados del año 1941. Nuestra “barra” de amigos tenía como “lugar de reunión”, la esquina de las calles Concordia y Arregui (3603). Donde existía un antiguo negocio de panadería de don Manuel y Doña Nicasia, ambos inmigrantes españoles, que como toros, llegaron aquí en busca de paz y trabajo.

En esa época, uno de los integrantes de aquel conjunto de muchachos y mi amigo personal (José Livolsi; “Pepino”), nos comunicó que su hermana Nicolina, efectuaría su unión matrimonial, con una conocido vecino de la zona, Salvador Renis, un ciudadano albanés radicado en la Argentina desde hacía algún tiempo. La fecha, aparentemente, ya estaba fijada; sería el sábado 25 de octubre de 1941, y la fiesta, como era costumbre, se haría en la casa de la novia (Concordia 2319).

Seguramente, por decisión familiar, todo participaríamos como invitados. Fueron pasando los meses, y a medida que se acercaba el día señalado, nuestra expectativa aumentaba considerablemente, más aún cuando nuestro amigo y hermano de la contrayente, lanzó ante nosotros, un desafío directo, con más o meno estas palabras: “… a la fiesta vendrá una pariente que vive en CASTELAR, no sé si tiene novio, pero si alguno de ustedes, la conquista, yo pago una cena para todos (diez integrantes) ¿Hay acá quién acepte mi propuesta? Si hay alguien que se atreva, que lo diga, pero si fracasa, será el quién pague la cena que propongo”.

En esos tiempos, el trabajo bien remunerado era un privilegio de pocos, la mayoría de los jóvenes se sostenían con “changas” de escaso rendimiento e inseguro porvenir, por lo tanto, haciendo una rápida cuenta aritmética, el dinero para cumplir semejante desafío, en caso de un eventual fracaso, no era precisamente abundante. Entonces, ocurrió lo esperado: “un silencio total”. Nadie quería el posible “papelón”, y el costo. En ese tiempo, tal vez, yo haya sido el de mejor situación económica, sin sobrarme mucho “paño”. Empleado en la Facultad de Medicina, desde fines de 1940, tenía un sueldo mensual seguro de 150 pesos, no muy común en la época, y un descuento de 10 pesos para la futura jubilación sobre un salario de 160 pesos. Fue entonces, que salí al cruce de la casi “soberbia” letanía de mi go amigo, y acepté la propuesta, basado casi exclusivamente en la “pinta” juvenil de aquellos años (sin desmerecer a ninguno de nuestra “barra” que eran muy competitivos). Todos poseíamos el “arte” de un adecuado “chamuyo” para conquistar a cualquier dama, y yo si era necesario la utilizaría. La expresión romántica subyuga hasta la mujer más frígida e indiferente. Por lo tanto, aparentemente, las condiciones indispensables para lograr el éxito, estaban a la vista, con un porcentaje a favor que había que aprovechar….

Las hojas del almanaque fueron pasando, y finalmente llegó del día tan esperado; sábado 25 de octubre de 1941. Esa jornada transcurrió sin novedades, y al atardecer nuestra cotidiana reunión en la esquina de siempre, con los mismo integrantes. La expectativa aumentaba a medida que la hora avanzaba en los relojes. De pronto, aproximadamente a las 19 horas, el amigo José Livolsi vio llegar a su parienta, que junto a su padre, venía desde la calle Orán (Emilio Lamarca), hacia la calle Concordia y Arregui, donde estábamos nosotros. Recuerdo, que cruzaron frente nuestro sin mirarnos, y ella ni alzó la vista en ningún momento; como si hubiéramos sido pasto u objetos intrascendentes, indignos de recibir una mirada, aún la más simple, la más ingenua y superficial.

Realmente, un preámbulo poco alentador, se presentaba claramente en esos momentos. Como era de esperar, su pariente, feliz por lo que estaba ocurriendo, se dirigió directamente hacia mí (totalmente involucrado en el desafío), diciéndome entre otras cosas: “…ya perdiste, ni te miró, preparate para pagar la cena… andá buscando el restaurante…”. Hice oídos sordos a esas palabras y recuerdo que le respondí: “Todavía falta la fiesta de esta noche, y no me doy por vencido…”.

Cerca de las ocho (20 horas), ya lucía mi mejor traje azul marino, una impecable camisa blanca, y una corbata tono, de auténtica seda natural. Antes de salir, le dije a mi “vieja”, cariñosamente, “Cortame de tu jardín el mejor pimpollo de rosa que tenga tu mejo rosal, lo necesito, porque debo conquistar a una chica esta noche, y no puedo fallar”. Era la clásica tozudez de nuestra familia Espinosa. Minutos más tarde, entraba en la casa de Concordia 2319 donde se realizaba la reunión, luciendo en la solapa del saco, un hermoso pimpollo rojo púrpura, que provocó una cierta envidia en los caballeros que nada llevaban. En aquellos años, existía un código de honor, de parte de todos los jóvenes, respetado sin excusas por una gran mayoría .En todas la reuniones danzante, o acontecimientos familiares, el muchacho en trance de lograr novia, llevaba en la solapa de su traje una pequeña flor, para obsequiársela durante el festejo, a la mujer que él había elegido, y si era aceptado por ella, desde ese momento comenzaba ya el noviazgo, que luego se transformaría en unión matrimonial.

Los transgresores a esta especie de ley, posteriormente no la pasaban muy bien, debido a la reacción de los familiares d e una eventual novia, que al ser engañada por las actitudes del joven, al no cumplir sus promesas de amor y fidelidad, en represalia, recibía serias golpizas a manos de los allegados de la chica. Eso era así, y todo el vecindario tomaba debida nota de cada hecho que ocurría, y lo consideraba “normal”.

Retomando el relato: después de entrar a la fiesta pregunté por la chica de CASTELAR, al no verla por ninguna parte de la casa. Me informaron que había acompañado a los novios a la Parroquia SANTA ANA de Villa del Parque, y que regresaría con ellos. Mientras tanto, comencé con alguna charla intrascendente, con varias pibas que se encontraban en esa reunión. Sus edades podrían estar, aproximadamente, entre los 18 a 20 años. Todas tenían su encanto, y felizmente no había ninguna fea, ni antipática. Ningún muchacho al verlas podría ser indiferente. No sentirse atraído por alguna de esas chicas, era sacar “patente” de estúpido (por no decir una palabra obscena). Al no concreta con ninguna de esas chisas, parecía merecedor de ese duro calificativo pero no era así: había un motivo, fundamental, ineludible. Desde algunas horas antes, ya me había enamorado a primera vista “de la chica de CASTELAR”, y desde aquel momento, nadie podía ocupar el lugar que ella ya tenía, en mis más puros sentimientos, en mi corazón, en mi vida, y en consecuencia: ¿qué otra mujer podía interesarme?... curiosamente, aún sin conocerla, ya la idolatraba, soñando con la posibilidad de ser su novio, y así de esa manera, trascurrido el tiempo necesario, constituirme en su amante esposo…

La fiesta continuaba animadamente, el baile como atractivo principal, amable conversaciones entre los muchachos presentes y las bellas jóvenes que allí se encontraban. Era esperada con expectativa la llegada de la pareja contrayente. Los minutos se transformaron en horas. Recuerdo, que ante la tardanza del regreso de los novios, y también de la mujer que ansiosamente esperaba, cometí un error criticable, de cual me arrepentí luego, y en su momento de indecisión y falta de sentido común, ya pasadas las 22 horas, prometí entregar la flor a una de las peticionantes. La que más interesada estuvo en lograr el pimpollo de rosa, fue Irene Renis, hermana del novio, que casi la consigue, pero por una fracción de segundo no llegó a tiempo. En ese preciso momento de la entrega del “trofeo”, a mi izquierda, sin advertirlo, y llegando desde atrás, vi la figura de la “chica de CASTELAR” (Ángela Giglio), que de pronto, e interrumpiendo de alguna manera, el inminente obsequio, les dijo textualmente a las demás: “No se haban ilusiones, ese pimpollo es para mí”…

Al instante, y dirigiéndome a ella, contesté con una cordial sonriente respuesta: “Señorita… ¿por qué está tan segura?”, y afirmó sin titubeos, y con total convicción: “Es un presentimiento…” y la flor finalmente terminó en su poder, ante el evidente desagrado de las chicas allí presentes, actitud totalmente correcta, frente a un proceder equívoco, que sólo puede realizarlo quién está en su inexperta etapa juvenil…

La reunión continuó, nosotros, a partir del momento comentado, sentados juntos uno al lado del otro, charlando animadamente, a veces., bailando a través de alguna partitura musical, hasta la finalización de la fiesta.

Aunque ya no me interesó, había ganado una apuesta, que en principio aparecía como muy difícil. Pasó el tiempo, llegamos al matrimonio previo noviazgo de dos años, y aquel pimpollo de rosa jamás se apartó de nosotros, reseco y amarillento, permaneció siempre a nuestro lado como un auténtico símbolo del amor, perenne e indestructible…

ISABELINO ESPINOSA

lunes, 14 de junio de 2010

EL TRUCO. DECLARADO JUEGO NACIONAL DESDE 1980 (II)

Reglamento

El campeonato se disputará en dos ruedas (partido y revancha), por puntos, para evitar dejar parejas o terceros fuera del certamen por haber perdido algún partido. Luego de hacer el “fixture” correspondiente se tendrá en cuenta que en cada mesa de juego debe existir un “rayero” (anotador de tantos), que además tendrá a disposición de los jugadores el reglamento de juego.

Se jugarán dos chicos de 30 tantos cada uno y si hubiese empate se hará el cotejo definitorio también a 30 tantos. Las anotaciones se efectuarán con pequeñas fichas de un solo color (negro) y al pasar un equipo a los segundos 15 tantos (las llamadas “buenas”) el “rayero” colocará una ficha de color distinto (rojo) para recordar tal situación y eliminar confusiones entre los participantes.

Los naipes serán nuevos en cada partido y los proveerá la entidad organizadora. Para no caer en suspicacias y probables desconfianzas ningún jugador repartirá las cartas, lo hará en cambio el “rayero” que practicará el primer “corte” haciéndolo luego todos los demás, después de lo cual retirará los naipes de la mesa de juego colocando otro visiblemente distinto en su aspecto exterior, con el solo objeto de marcar al jugador que ese momento es “mano”.

Quedan prohibidos los términos que se prestan a equivocaciones ya sea en los envites o a la aceptación de los mismos en canto de “flor”, etc.

Al finalizar cada mano de cada inicio del juego (primera y segunda), se levantarán todos los naipes jugados con el fin de evitar probables cambios de cartas u otras irregularidades. Dejar las barajas sobre la mesa equivale a jugar al descubierto, es decir, sabiendo los participantes quién mintió y quién no lo hizo, situación que conspira contar el secreto que debe imperar en este juego. Las “señas” serán las convencionales o las que cada equipo estipule privadamente, pero prohibiéndose realizarlas con medios y objetos ajenos a la misma: usando las manos, los pies o hablando idiomas extranjeros. No es permitido el comentario sobre situaciones del juego, pues hacerlo podría, en cierto momento, dar origen a eventuales discusiones entre los jugadores.

Cualquier transgresión al presente reglamento, o si se ocasionare algún desorden durante la ejecución de los partidos programados, los “rayeros” autorizados comunicarán de inmediato al juez del torneo, nombrado a tal efecto, para que éste determine si debe haber penalidad. (Quita de 4 puntos en la tabla de posiciones o expulsión del campeonato, si la falta cometida así lo requiera).

Juego entre tercetos

Para el torneo de “tercetos” también denominados, “de seis” rigen las mismas disposiciones reglamentarias que para el enfrentamiento de “parejas” o de “cuatro”.

Cuando los partidos son disputados por tercetos las manos llamadas “de punta” o popularmente “pica a pica” se jugará de esa manera cada vez que corresponda, (estos jugadores no podrán mostrar sus naipes a otros participantes). Así será desde el principio al fin del encuentro que se dispute es decir, siempre existirá una “mano” a jugarse “redonda” y otra inmediatamente “de punta”, sin excepciones. En estos cotejos individuales el ganador de una Falta Envido se anotará sólo seis tantos.

Los envites y las anotaciones

Envido: 2 tantos al ganador; No querido es 1
Envido – envido: 4 tantos; No querido es 2
Envido – envido – real envido: 7 tantos; No querido 4
Envido – real envido: 5 tantos; No querido es 2
Envido – envido – falta envido: no querido es 4
Real envido – falta envido: no querido es 3
Envido – real envido – falta envido: no querido es 4
Real envido: 3 tantos, no querido 1.
Envido – dos reales envido: 8 tantos y no querido son 3
Envido – dos reales envidos – falta envido: no querido 6
Dos reales envidos: 6 tantos no querido es 1
Dos reales envidos – falta envido: No querido 4 tantos. Si la falta envido es ganada por quien va detrás en el puntaje, obtendrá todos los tantos que le faltan a su rival para llegar a los 30 tantos. Eso ocurrirá en todos los casos.

Puntuaciones del truco

Truco: 2 tantos, no querido 1
Truco – quiero retruco: 3 tantos no querido 2
Truco – quiero retruco – quiero vale cuatro: 4 tantos, no querido son 3

Reglamento para la FLOR

En los campeonatos de truco no se podrá jugar sin el canto de “Flor”, la que se reglamentará de la siguiente manera:

Flor: 3 tantos, flor y flor 6 tantos a la de más puntaje
Flor – contra flor al resto: gana el partido la de puntaje mayor en cualquier momento del mismo, cuando la “flor” fue requerida.
Flor – contra flor al resto: no queridos son 5 tantos. Cuando un jugador antes de tirar su primera carta dice “Pido flor” sus adversarios deberán finalmente mostrar sus naipes y en caso de que apareciese otra “flor”, el participante que la ocultó perderá seis tantos y sólo cuatro, si casualmente fuese de mayor puntaje.

Si un jugador ocultase una “Flor” para ganar “envite” y es descubierto, perderá seis tantos, y también los que se hubiesen disputado en las puntuaciones del Truco.

El participante que cante una “flor” y no la tuviese, perderá seis tantos.

“Flor y truco”, siempre se dirá antes de ser jugada la primera baraja, ésta reglamentación se aplica además para todos los “envites” que se realicen durante el partido.

Nota: Mientras se desarrollan los torneos, no es permitida la presencia de público detrás de los participantes.

Esperamos con este reglamento haber puesto en claro como se debe jugar un buen partido de Truco sin que haya discusiones al respecto. Así que a empezar a realizar el campeonato de Truco y a gozar de este entretenido “Juego Nacional” denominado así por una resolución del 1° de julio de 1980.

ISABELINO ESPINOSA

Este reglamento, (cedido por sus verdaderos creadores), fue utilizado en el primer torneo realizado en la ciudad de Buenos Aires el día 7 de marzo de 1904. Con el correo del tiempo, has sido perjudicado por lamentables y descontroladas reformas, que le quitaron el esplendor, picardía y también el secreto que debe existir en cada momento del partido, transformando ese apasionante entretenimiento, en juego monótono y aburrido, a causa de equivocadas y absurdas nuevas reglas, que desnaturalizaron su atractivo original.

martes, 1 de junio de 2010

EL TRUCO. DECLARADO JUEGO NACIONAL DESDE 1980 (I)

El truco es un juego netamente criollo realizado con los naipes denominados ESPAÑOLES. Se practica en todo el territorio Argentino con una gran intensidad.

A principios del siglo XX, y después de la primera guerra mundial el juego del truco, fue llevado a Europa por ciudadanos de nuestro país, que por el turismo o trabajo se lo trasladaron al viejo continente. Allí, los argentinos, entre mate y mate, y floridos tangos se trenzaban en entusiastas partidos que despertaban la admiración y curiosidad de quienes los observaban con inocultable interés.

Poco a poco aquellos espectadores se esforzaron por aprenderlo, pues se sentían atraídos por aquel maravilloso entretenimiento que venía de América del Sur, y ellos que estaban habituados a practicar los más sofisticados juegos de naipes, optaron por el “truco” que no tenía combinaciones raras ni puntajes complicados. Fue agradable para quienes lo aprendieron porque en su desarrollo hay que usar constantemente inteligencia y picardía, y además por sus jugadas rápidas y continuadas. De tal forma, no es aburrido disputar varios encuentros seguidos.

Lo importante ser un buen jugador

El aprendizaje de este juego de naipes es sencillo, debido a que su mecanismo no presenta muchas dificultades, aunque no es muy fácil jugarlo bien. El buen jugador se distingue de inmediato porque actúa de manera moderada, pues no se precipita en ningún tramo del partido, ni efectúa jugadas insólitas que desorienta hasta a su propios compañeros, él siempre tranquilo y observador, memoriza las carta que se han jugado, buscando la oportunidad exacta para pasar sus “señas”. Saca provecho de todas las fallas de sus adversarios por leves que estas sean, y si a veces debe usar el pálpito, lo hace con lógica absoluta de acuerdo a las características de sus rivales, y al puntaje que en esos momentos tiene el partido.

El buen jugador podrá perder dos o más tantos en cada enfrentamiento, porque no olvidemos que el “Truco” es un juego de azar, pero aún en esas circunstancias, demostrará su jerarquía y su talento para hilvanar correctas jugadas, para sacar buenos resultados, tratando siempre de alcanzar y superar a sus adversarios.

Campeonato de truco

Cuando se efectúa en torneos, estos deben estar regidos por un reglamento de acuerdo a las primitivas leyes de este juego, sin prestar atención a las caprichosas innovaciones que con el correr del tiempo resintieron su estructura.

El que daremos a continuación correspondiente al año 1904 y es el que se utilizó en esa época para la realización del Primer Campeonato de Truco en la ciudad de Buenos Aires, organizado por los cigarrillos “43”. El certamen se había iniciado el día 7 de marzo.

viernes, 28 de mayo de 2010

HISTORIAS DE DOS GUITARRAS

Año 1917, calle San Luis 3186 en el barrio porteño denominado “del Abasto”, pro su proximidad con el tradicional mercado de la zona. En el nombrado sitio, existía una casa de inquilinatos que ocupaban más de veinte grupos familiares, en su mayoría inmigrantes europeos, en una rara mezcla con ciudadanos criollos. En esa época, habitaba en la penúltima pieza de la edificación, y frente a un amplio patio un matrimonio compuesto por don Tomás Espinosa, uruguayo de nacimiento, y su esposa Consuelo Rigueiro de origen español. Transcurría el 26 de septiembre del año mencionado. En ese mes recibieron la alegría del nacimiento de una hermosa nena, que fue bautizada con el nombre de Celina. Desafortunadamente, la perdieron a los once días de celebrar su natalicio, a causa de haber sufrido una cruel y devastadora enfermedad: bronconeumonía. Una afección que la casi nula medicina de ese tiempo no pudo superar. Faltaban medicamentos para atacar debidamente y con éxito el terrible virus…

Pasaron solamente dos años cuando a la pareja les nació un varoncito, quizás para aliviar, en cierto modo, la angustia que ambos sobrellevaban. Sin embargo, la felicidad duraría muy poco; tres años más tarde sufrirían la acción negativa de la fatalidad que parecía perseguirlos. El nene fue atacado por idéntica patología que había terminado con al vida de su pequeña hermanita, otra vez, el caso era grave.

El facultativo que atendió el mal, dio un diagnóstico pesimista, desesperanzado, y como en la situación anterior, auguraba el mismo final. A pesar de ello, sus progenitores no perdieron en ningún momento, la fe y esperanzas por la salvación del pequeño. Don Tomás prometía constantemente, que si su hijo lograba zafar de la difícil situación, mediante la resistencia probable de su organismo, realizaría una gran fiesta en su lugar de residencia, donde participarían todos sus habitantes.

Como muchos otros, concurría habitualmente al Café-Bar llamado “CHANTA CUATRO” ubicado en la calle Guardia Vieja, de su mismo barrio. Allí, frecuentemente, hacía su presencia el famoso CARLOS GARDEL, el “Morocho del Abasto”. También lo acompañaban su guitarrista José Ricardo, y el cantor José Razzano. En la efectuada promesa, estaba incluida la idea de solicitar la concurrencia al agasajo, de Gardel y sus amigos, tarea que cumplió con una respuesta afirmativa., de parte de los lustres invitados que aceptaron, y al mismo tiempo agradecieron el gesto. Fue notoria la alegría de Gardel cuando se enteró que el matrimonio Espinosa había contraído enlace en la Parroquia de San Carlos en 1914, en cuyo colegio él cursara sus estudios. También allí la criatura, uno de los protagonista de esta narración, era bautizada en 1919.

Pasó el tiempo, llegaba la enfermedad del pibe en aquel agosto del año 1922. La fiebre en aquellos momentos se mantenía muy alta y constante durante varios días dando lugar a presagios poco alentadores, pero de pronto, inesperadamente, como si fuera un milagro, la fiebre desoladora comenzó a caer. Los médicos no encontraban una explicación adecuada al caso, que había sucedido sin la ayuda de medicación alguna, ni la intervención de nadie, o quizás sí… dios Todopoderoso, solamente Él.

Luego del estado febril, la temperatura corporal del chico, estuvo en una semana, en los niveles normales, llegando finalmente la ansiada alta médica, ante la alegría de sus padres y de todos sus amigos y vecinos. Era realmente un milagro.

Pasaron algunos días, y de acuerdo a sus deseos, el dichoso padre juntando todos sus ahorros financió la gran celebración prometida, realizándose la misa en ese gran patio de la casa de la nombrada calle San Luis. Un inquilino (don Rafael) de oficio carpintero, construyó para esa fecha una mesa de roble (que aún se conserva intacta). Luego, junto a otras, unidas entre sí por los habitantes del inquilinato, se formó una especie de extensa tabla donde se sirvió una exquisita cena, preparada cuidadosamente por las mujeres más expertas en cocina ocupantes de ese lugar.

La emotiva reunión comenzó alrededor de las diez de la noche, cuando llegaron Gardel y sus dos acompañantes; José Razzano y José Ricardo. Como es de imaginar, el recibimiento que tuvieron de parte de todos los presentes, (que eran numerosos y de muy variada edad), fue realmente colosal, inolvidables, según comentaban para la posteridad, los papás del nene y quienes habían concurrido a la citada fiesta…

La velada transcurrió animadamente, donde se advertía una sana alegría; chistes, bromas, anécdotas, y también amenas conversaciones, fueron oídas en aquella noche tan especial, y mientras los mayores participantes de aquella reunión, los hijos de esas familias, jugaban en un sector del amplio patio, junto al nene agasajado que disfrutaba de ese momento feliz, ya lejos de las difíciles jornadas que le tocó vivir. Con sus escasos tres años de edad no podía comprender nada de lo ocurrido…

Después de los postres, pasada la medianoche, y como era de esperar, todos los presentes solicitaron con evidente entusiasmo la actuación del “Morocho del Abasto” y sus ilustres amigos. Gardel traía una guitarra que utilizaba para el acompañamiento de sus canciones, pero solamente ejecutaba el “punteo”, luego continuaban sus guitarristas, esa era su costumbre. Razzano llevó su “viola”, mientras que el “negro” Ricardo optó por una perteneciente al padre del menor homenajeado.

Testigos de aquel acontecimiento recordaban con nostalgia las interpretaciones del “Troesma”: “Como quiere la madre a sus hijos” (vals), “Amanecer” (cifra), “El moro”, “El pangaré”, “Que suerte la del inglés”, “El señuelo” (estilos). Luego un pedido unánime de dos tangos muy famosos y populares en esa época, preferidos y aclamados por toda la población porteña: “Mi noche triste” y “El pañuelito”. Cada interpretación de Carlitos era aplaudida frenéticamente por todos los allí reunidos, aunque algunos inquilinos de esa casa oriundos del viejo continente no entendían de la mejor manera nuestro idioma castellano, y también desconocían totalmente a la música criolla, sin embargo, y a pesar de ese inconveniente, quedaban atrapados por la voz inconfundible de nuestro ídolo, y expresaban su estado de ánimo con aplausos y gritos de aprobación. Fue una elocuente y grata sorpresa para todos.

Los padres del chico con inocultable emoción y alegría, agradecieron a los famosos artistas su participación en tan importante acontecimiento. Antes de retirarse de aquella inolvidable reunión, junto a sus compañeros, nuestro inigualable cantor hizo entrega al muy feliz papá, organizador del festejo, de la guitarra que había acompañado a sus canciones. Transcurría el 14 de octubre de 1922. El pibe mencionado en esta historia, vive aún con muchos años, es el que suscribe la presente nota. El instrumento musical del “Zorzal criollo” es actualmente patrimonio de su familia…

viernes, 21 de mayo de 2010

-GESTOS HONROSOS Y DESTACABLES-

En cierta ocasión fui invitado pro los propietarios de “Residencia Tercera Edad”, Jorge Prati y su esposa Lina, para concurrir a presenciar la actuación de un cantor y ejecutante musical (Jorge Lanza) que con un interesante repertorio era aplaudido por las abuelas que allí residen. Alguien me sugirió que reeditando lejanas épocas hiciera oír algunas canciones. Así lo hice, luego la actuación de ambos se efectúo ya todos los sábados por la tarde.

En ese lugar parquense de Marcos Sastre 3075, además de lo expresado, es posible observar el óptimo desempeño en sus tareas específicas, de sus dueños y todo su personal, los cuales poseen un admirable sentimiento de cooperación total y adecuada sensibilidad.

Ese positivo accionar de esas personas, merece el mayor reconocimiento, mas aún, en esta época que estamos viviendo, donde lamentablemente, rige un atroz materialismo que destruye los más puros y nobles ideales que cada ser humano desea brindar a sus semejantes. Para Residencia Tercera Edad, las mayores felicitaciones

ISABELINO ESPINOSA

lunes, 17 de mayo de 2010

EL ANTIGUO CASTILLO DE VILLA DEL PARQUE: Tragedia y Misterio en su Historia (II)

Llegó el tiempo en el cual Lucía, terminados ya sus estudios en la parte secundaria, debía decidir si aceptaba las sugerencias de sus padres que deseaban su ingreso a la universidad nacional. Respetuosa del modo de pensar de sus progenitores, no puso obstáculos en mantener conversaciones al respecto. Luego de algunas tratativas familiares, creyó que la carrera médica podría ser para ella el brillante futuro que tanto anhelaba. Para tal fin se inscribió en la Facultad de Medicina de la calle Córdoba 2122 de nuestra Capital. Enfrente, del legendario "Hospital de Clínicas".

Cuando aún cursaba el primer año del ciclo inicial, advirtió que no podría continuar esos estudios porque no sentía atracción por ellos. Las excelentes clases dictadas por eruditos profesores no alcanzaban a interesarle. Comprendió entonces su equivocación en el momento de tomar decisiones. Quizás por complacer a sus mayores que deseaban verla algún día ejerciendo la medicina en un consultorio propio, cometió el error que después lamentó. Casi todos los hijos de aquel tiempo actuaban de esa manera.

Pasaron algunos meses del año 1909. Lucía una vez más, escuchaba los sones de un piano que llegaban nítidamente desde una casa vecina hasta su habitación. Los oía diariamente por las tardes. Le agradaba sobremanera esa melodiosa y variada música que incluía valses vieneses, mazurcas y tangos criollos. Transcurrió cierto tiempo y continuó interesándose por las melodías que permanentemente lograba escuchar con agrado.

Finalmente pudo convencer a sus padres para que le autorizaran a estudiar piano Luego de obtener la aprobación necesaria, ingresó en un conservatorio dirigido por la profesora Rosa Molarte, ubicado en la calle Buen Orden (Bernardo de Irigoyen) casi esquina Belgrano. Su entusiasmo era tal que en poco tiempo consiguió progresos notables, aventajando a sus más destacados condiscípulos ante la admiración de todos.

A ese instituto de enseñanza musical también concurría en condición de alumno, un joven llamado Angel Lemos que estudiaba violín. Se domiciliaba en la calle Defensa al 600, y pertenecía a una caracterizada familia porteña. Su padre Manuel Lemos se desempeñaba en el directorio de la tienda "A la Ciudad de México" situada en la calle Florida y Cuyo de la Capital. Su madre María López Fernández era ama de casa.

Lucía y Angel simpatizaron muy pronto: coincidían en el modo de pensar y tenían parecidas preferencias. El muchacho no disimulaba su interés por la joven, que tampoco desechaba la idea de iniciar un noviazgo. Así ocurrió, y como se estilaba en esos años, solicitaron el consentimiento de los padres de ambos, que dieron su aprobación sin inconvenientes. En la actualidad esa situación no sería soportable.

Mucho antes de esa decisión, ya el padre de la chica había prometido que si se concretaba alguna vez su matrimonio. El amplio castillo que hizo edificar en Villa del Parque, sería su obsequio de bodas. Un pensamiento que nadie intentó modificar.
Transcurría el tiempo, y la suntuosa vivienda permanecía sin ocupantes por mandato de su dueño, atendida exclusivamente en la parte de su mantenimiento y limpieza. El concurría periódicamente al barrio a bordo de su auto "Landauletes" donde siempre se le recibía con simpatía por parte de las modestas familias del lugar, las mismas que cuidaban para terceros extensas quintas de verduras aledañas, entre otras actividades. Mientras tanto los jóvenes vivían un felíz idilio, no existía nada anormal que hiciese peligrar la apasionada relación. Juntamente con sus padres acudían a espectáculos teatrales y cinematográficos, paseos, fiestas, acontecimientos deportivos, etc.

Se comunicaban por intermedio de cartas, y también lo hacían utilizando teléfonos rudimentarios que funcionaban a pila. El servicio lo prestaba una empresa creada en 1886 llamada "Unión Telefónica". Resultado de la fusión de dos compañías.

Tal vez mediante ese medio, las familias de los novios concretaron visitas, o reuniones para realizar acuerdos como el que tuvo lugar en casa de la chica, para decidir la fecha en la cual e efectuaría la boda. Según relata la leyenda, luego de un cambio de opiniones entre los presentes, se determinó que la ceremonia religiosa y civil se efectuaría el dia sábado 1º de abril de 1911. El festejo quedó establecido y confirmado. El lugar sería las instalaciones del castillo del señor Giordano.

Ángel Lemos

Cuando en 1909 Ángel Lemos inició su curso de violín en el conservatorio de la profesora Rosa Molarte, tenía 23 Amos (había nacido en Buenos Aires en 1886), ya poseía el título de farmacéutico otorgado por la universidad nacional.

En 1936 un investigador del tema que hoy nos ocupa, llamado Francisco Martínez, ubicó en los archivos de la Cátedra de Bromatología (Aula "Felipe Justo"), de la Facultad de Ciencias Médicas (a cargo en la ocasión de los profesores Angel Bianchi Lischetti y Vicente Colobraro), una carpeta de "Trabajos Prácticos" a nombre de Angel Lemos que correspondía al año 1909. Todo lo cual demuestra que en esa época fue alumno de la escuela de Farmacia, y que al cursar su cuarto año de estudios, estaba habilitado para obtener su título universitario, y proseguir si lo deseara en la carrera del doctorado en bioquímica. Aparentemente no lo hizo, pues no se encontraron datos al respecto. Sólo habría logrado su condición de farmacéutico.

viernes, 14 de mayo de 2010

ANTONELLA

Sufrí los pesares de la incertidumbre
y la desventuras de un cruel sinsabor
no tenía clama mi triste existencia
sólo padecía angustia y dolor.

De pronto, una tarde que siempre recuerdo
tu hermosa figura creó mi ilusión
pensé en un milagro tal vez imposible
que huyeran las penas de mi corazón.

Jamás he olvidado el casual encuentro
la mujer más linda estaba ante mí…
tus divinos ojos buscaron los míos
te juro Antonella que me estremecí.

Desde entonces fuiste mi adorada imagen
el motivo grato de mi inspiración
por eso mi amada deseo anhelante
ofrendar mis ansías, en una canción.

TOMÁS