miércoles, 17 de agosto de 2011
Tragedia y Misterio en el Castillo (XX)
Gabriela, Giulietta y Antonina, tías de Lucia
Jose D’Olivi nacido en la ciudad de Salerno, padre de Vittoria (1868), Gabriela (1869), Giulietta (1872) y Antonina (1874), era un pequeño comerciante del rubro textil que recorría diversas ciudades de Italia para efectuar la venta de sus productos que él mismo manufacturaba. Esa tarea le rendía lo suficiente para mantener su hogar. Vittoria, su hija mayor, cerca de los 18 años de edad conoció a un joven convecino suyo; Rafael Giordano único hijo de la importante hacendado del lugar, iniciando un felíz romance que dio su dichosa concreción en matrimonio en 1888. De esa amorosa unión nació Lucía, sus padres decidieron partir hacia la Argentina. Las hermanas de Vittoria quedaron en Europa, ninguna de las tres, aparentemente, logró iniciar una relación sentimental para formalizar un noviazgo que finalizara en la realización de un sueño de toda mujer: la creación de un hogar donde siempre estuvieran presentes la felicidad y el mutuo amor.
No ocurrió así, quizás por el mandato del destino y las tres mujeres no dejaron nunca su celibato, ni se atrevieron a viajar a otras latitudes en busca de un eventual porvenir y buenaventuranza. Pasaron los años, la comunicación con sus familiares de Buenos Aires era constante: cartas, telegramas, llamados telefónicos, fotos, etc. Cuando su sobrina comenzó en 1909 el idilio amoroso con el joven Ángel Lemos y ya se vislumbraba un próximo enlace, las tías de Lucía Giordano tomaron la decisión de viajar a la Argentina para radicarse definitivamente en nuestro país. Llegaron a Puerto Nuevo en el mes de enero de 1910, año del Centenario y del famoso cometa “Halley” que era la preocupación mundial. Ya don Rafael Giordano les había adquirido una hermosa casa a su nombre en la calle Belgrano casi esq. Lima. En un principio la adaptación a nuevas costumbres y al idioma castellano, fue bastante difícil. No era sencillo acostumbrarse a otras modalidades utilizadas por la gene que trataban a diario, pero con el transcurrir del tiempo, tal vez con cierta lentitud, se integraron totalmente a la vida de la gran urbe porteña. Eliminado el problema idiomático (la primera gran dificultad), lo demás tuvo rápida solución para alegría de todos. La integración fue promisoria, las tres hermanas comenzaron a concurrir en compañía de su familia a paseos, fiestas, reuniones en clubes sociales, viajes de turismo.
En el campo de aviación de “Villa Lugano”
Transcurrían las épocas iniciales de nuestra aviación, emprendedores y visionarios argentinos querían emular la tarea heroica de ciudadanos de otros países: Wright, Zeppelin, Santos Dumont y muchos más, que se propusieron firmemente “volar como los pájaros”. A veces fueron objeto de burlas por todos aquellos que consideraban imposible “conquistar el aire”. Los muchachos criollos de entonces deseando afirmar esa inquietud de manejar esos instrumentos de vuelo, empezaron por informarse y aprender todos sus secretos. En ese campo de aviación de “Villa Lugano” hacían sus prácticas el inolvidable Jorge Newbery, Florencio Parravicini gran actor de cine y teatro y un apasionado por los deportes mecánicos. El teniente Manuel Félix Origone y otros. Don Rafael Giordano, su esposa, su hija, sus cuñadas y la familia de don Manuel Lemos concurrían con bastante frecuencia a los ensayos de vuelo que se hacían en el citado aeródromo, disfrutando de un muy agradable espectáculo. Corría el año 1910.
Las hermanas de Vittoria, y la boda de Lucia
Se acercaba el día de la unión en matrimonio de Lucía Giordano y Ángel Lemos, Antonina, Giulietta y Gabriela D’Olivi tías de la novia, se dieron a la tarea de organizar debidamente y supervisar todos los detalles importantes o no, relacionados con la fiesta que se avecinaba. Si bien los padres de ambos jóvenes tenían ya todo perfectamente planificado, el desempeño de las hermanas de Vittoria en esas circunstancias podría ser valioso y lo fue. Gran parte del éxito obtenido en el memorable festejo indiscutiblemente fue obra de las tres hermanas D’Olivi. Desafortunadamente, un epílogo trágico fue el triste corolario del esfuerzo, el amor ya indestructible unión de dos familias que lloraron juntas el lamentable episodio ocurrido en aquel nefasto día, 2 de abril de 1911, que tanto dolor y luto trajo a esas familias cristianas.
Pasó cierto tiempo, y las hermanas de Vittoria tras su profunda pena, decidieron abandonar el país para siempre, regresando a su pueblo natal a Salerno en suelo italiano. El apenado viaje se concretó el viernes 17 de noviembre de ese año. La historia guarda un especial recuerdo por estas abnegadas mujeres, para que las páginas de la posteridad sigan su camino infinito del más allá, que se esconde ignorado en el silencio de las almas buenas.
Por el mismo motivo los acongojados padres de Lucía, que no pudieron soportar la gran angustia de su desaparición junto a la de su joven esposo, también acordaron partir hacia el lejano continente europeo, al nunca olvidado lugar donde habían nacido, en busca de una ansiada paz y un reconfortante consuelo para sus agobiados espíritus. Jamás superarían el duro trance vivido, y ellos lo sabían. En esas circunstancias difíciles solo albergaban un prioritario anhelo, un poco de alivio para sus grandes pesares.
Jose D’Olivi nacido en la ciudad de Salerno, padre de Vittoria (1868), Gabriela (1869), Giulietta (1872) y Antonina (1874), era un pequeño comerciante del rubro textil que recorría diversas ciudades de Italia para efectuar la venta de sus productos que él mismo manufacturaba. Esa tarea le rendía lo suficiente para mantener su hogar. Vittoria, su hija mayor, cerca de los 18 años de edad conoció a un joven convecino suyo; Rafael Giordano único hijo de la importante hacendado del lugar, iniciando un felíz romance que dio su dichosa concreción en matrimonio en 1888. De esa amorosa unión nació Lucía, sus padres decidieron partir hacia la Argentina. Las hermanas de Vittoria quedaron en Europa, ninguna de las tres, aparentemente, logró iniciar una relación sentimental para formalizar un noviazgo que finalizara en la realización de un sueño de toda mujer: la creación de un hogar donde siempre estuvieran presentes la felicidad y el mutuo amor.
No ocurrió así, quizás por el mandato del destino y las tres mujeres no dejaron nunca su celibato, ni se atrevieron a viajar a otras latitudes en busca de un eventual porvenir y buenaventuranza. Pasaron los años, la comunicación con sus familiares de Buenos Aires era constante: cartas, telegramas, llamados telefónicos, fotos, etc. Cuando su sobrina comenzó en 1909 el idilio amoroso con el joven Ángel Lemos y ya se vislumbraba un próximo enlace, las tías de Lucía Giordano tomaron la decisión de viajar a la Argentina para radicarse definitivamente en nuestro país. Llegaron a Puerto Nuevo en el mes de enero de 1910, año del Centenario y del famoso cometa “Halley” que era la preocupación mundial. Ya don Rafael Giordano les había adquirido una hermosa casa a su nombre en la calle Belgrano casi esq. Lima. En un principio la adaptación a nuevas costumbres y al idioma castellano, fue bastante difícil. No era sencillo acostumbrarse a otras modalidades utilizadas por la gene que trataban a diario, pero con el transcurrir del tiempo, tal vez con cierta lentitud, se integraron totalmente a la vida de la gran urbe porteña. Eliminado el problema idiomático (la primera gran dificultad), lo demás tuvo rápida solución para alegría de todos. La integración fue promisoria, las tres hermanas comenzaron a concurrir en compañía de su familia a paseos, fiestas, reuniones en clubes sociales, viajes de turismo.
En el campo de aviación de “Villa Lugano”
Transcurrían las épocas iniciales de nuestra aviación, emprendedores y visionarios argentinos querían emular la tarea heroica de ciudadanos de otros países: Wright, Zeppelin, Santos Dumont y muchos más, que se propusieron firmemente “volar como los pájaros”. A veces fueron objeto de burlas por todos aquellos que consideraban imposible “conquistar el aire”. Los muchachos criollos de entonces deseando afirmar esa inquietud de manejar esos instrumentos de vuelo, empezaron por informarse y aprender todos sus secretos. En ese campo de aviación de “Villa Lugano” hacían sus prácticas el inolvidable Jorge Newbery, Florencio Parravicini gran actor de cine y teatro y un apasionado por los deportes mecánicos. El teniente Manuel Félix Origone y otros. Don Rafael Giordano, su esposa, su hija, sus cuñadas y la familia de don Manuel Lemos concurrían con bastante frecuencia a los ensayos de vuelo que se hacían en el citado aeródromo, disfrutando de un muy agradable espectáculo. Corría el año 1910.
Las hermanas de Vittoria, y la boda de Lucia
Se acercaba el día de la unión en matrimonio de Lucía Giordano y Ángel Lemos, Antonina, Giulietta y Gabriela D’Olivi tías de la novia, se dieron a la tarea de organizar debidamente y supervisar todos los detalles importantes o no, relacionados con la fiesta que se avecinaba. Si bien los padres de ambos jóvenes tenían ya todo perfectamente planificado, el desempeño de las hermanas de Vittoria en esas circunstancias podría ser valioso y lo fue. Gran parte del éxito obtenido en el memorable festejo indiscutiblemente fue obra de las tres hermanas D’Olivi. Desafortunadamente, un epílogo trágico fue el triste corolario del esfuerzo, el amor ya indestructible unión de dos familias que lloraron juntas el lamentable episodio ocurrido en aquel nefasto día, 2 de abril de 1911, que tanto dolor y luto trajo a esas familias cristianas.
Pasó cierto tiempo, y las hermanas de Vittoria tras su profunda pena, decidieron abandonar el país para siempre, regresando a su pueblo natal a Salerno en suelo italiano. El apenado viaje se concretó el viernes 17 de noviembre de ese año. La historia guarda un especial recuerdo por estas abnegadas mujeres, para que las páginas de la posteridad sigan su camino infinito del más allá, que se esconde ignorado en el silencio de las almas buenas.
Por el mismo motivo los acongojados padres de Lucía, que no pudieron soportar la gran angustia de su desaparición junto a la de su joven esposo, también acordaron partir hacia el lejano continente europeo, al nunca olvidado lugar donde habían nacido, en busca de una ansiada paz y un reconfortante consuelo para sus agobiados espíritus. Jamás superarían el duro trance vivido, y ellos lo sabían. En esas circunstancias difíciles solo albergaban un prioritario anhelo, un poco de alivio para sus grandes pesares.
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viernes, 29 de julio de 2011
TOMASITO (III)
De pronto, su mente imaginó la escena; entrando al terreno de juego con las tribunas repletas de público, y hasta le parecía escuchar los gritos de la hinchada de su equipo; unos alentándolo en su accionar y otros reprobando con hostilidad sus eventuales errores, al comenzar la contienda, la inicial, la de su presentación, donde no debía fracasar, porque en ese partido también estaba en juego su futuro.
No desconocía sus propias aptitudes para ese deporte que practicaba, siempre se tuvo fe y casi estaba seguro de su buen desempeño durante cualquier confrontación, pero ese acontecimiento se había presentado inesperadamente y con demasiada rapidez, y por lo tanto, necesita cierto tiempo para recuperar la tranquilidad y decidir. Un sin fin de ideas y pensamientos rondaban por su cabeza. Por momentos parecía entusiasmado y contento, pero enseguida sentía una inexplicable inseguridad y desconfianza.
Esa noche se acostó prácticamente sin cenar, y no podía conciliar el sueño, pues se hallaba sumamente nervioso. No ignoraba que en su estreno tenía que enfrenta a jugadores experimentados, que ocuparon muchas veces páginas enteras de diarios y revistas especializadas. Desde la tribuna, él también los había aplaudido hasta enrojecerse las manos, y ahora ese desconocido espectador que fue un día, se presentaba ante ellos para disputar supremacías en un encuentro de fútbol. Reconocía que aún no estaba preparado para ello.
Familiares, amigos, los vecinos de su barrio, todos le brindaron palabras de cariño y adhesión, deseando fervientemente su consagración deportiva.
Llegó el domingo, día del cotejo. En el horario respectivo almorzó en la concentración con los integrantes del conjunto superior, y aunque estaba muy emocionado, se lo veía aparentemente tranquilo, sin los temores y sobresaltos que lo habían preocupado días antes. Compartía la mesa con aquellos jugadores que también admiraba, los de su club, hoy transformados en sus nuevos compañeros que sobre el césped de una cancha, lucharía con las mismas ambiciones e idéntico fervor, por la victoria de los colores de la institución que representaban.
Momentos más tarde recibieron algunas instrucciones del Director Técnico, que luego se repitieron en el vestuario, y finalmente se encaminaron hacia el campo de juego. En un sector del estadio donde se encontraba la hinchada partidaria, Tomasito advirtió una gran bandera con su nombre estampado en su paño. Cuando ingresó a la cancha, una salva de aplausos lo recibió, y esa parte de la tribuna lo alentaba vigorosamente y en forma continua. Visiblemente emocionado agradecía a sus parciales levantando los brazos. Sentía como si su corazón quisiese saltar de su pecho. Por unos instantes quedó como clavado en el piso, mientras gruesos lagrimones escapaban de sus ojos.
Comenzó la lucha en medio del delirio del público asistente. Pasaron varios minutos que fueron intrascendentes, en un momento, Tomasito, que ya había puesto en serios aprietos a la defensa adversaria, tomó la pelota en un costado del campo, y mediante hábiles esquives logró situarse solo frente al arquero rival, venciéndolo sin dificultad. El estadio entero estalló en una impresionante ovación .También los simpatizantes del otro equipo en un elogiable gesto de nobleza aplaudieron la estupenda jugada del pibe, que después siguió demostrando su habilidad hasta la finalización del primer período. Más allá de su capacidad, era notorio que la suerte estaba a su favor.
El resultado no se modificó en el segundo tiempo. Tomasito no solo le había dado con su gol el triunfo a su equipo, sino que demostró sus cualidades jugando con pulcritud, calidad, y elegancia, no defraudando nunca a sus parciales. Después, vinieron otras actuaciones destacadas, nuevos éxitos, la ansiada titularidad, y su transformación en ídolo absoluto de sus seguidores. Con sus descollantes actuaciones llegó a ser un verdadero astro del balompié criollo. El periodismo deportivo elogiaba constantemente sus virtudes futbolísticas, que realmente eran muchas.
(continúa)
No desconocía sus propias aptitudes para ese deporte que practicaba, siempre se tuvo fe y casi estaba seguro de su buen desempeño durante cualquier confrontación, pero ese acontecimiento se había presentado inesperadamente y con demasiada rapidez, y por lo tanto, necesita cierto tiempo para recuperar la tranquilidad y decidir. Un sin fin de ideas y pensamientos rondaban por su cabeza. Por momentos parecía entusiasmado y contento, pero enseguida sentía una inexplicable inseguridad y desconfianza.
Esa noche se acostó prácticamente sin cenar, y no podía conciliar el sueño, pues se hallaba sumamente nervioso. No ignoraba que en su estreno tenía que enfrenta a jugadores experimentados, que ocuparon muchas veces páginas enteras de diarios y revistas especializadas. Desde la tribuna, él también los había aplaudido hasta enrojecerse las manos, y ahora ese desconocido espectador que fue un día, se presentaba ante ellos para disputar supremacías en un encuentro de fútbol. Reconocía que aún no estaba preparado para ello.
Familiares, amigos, los vecinos de su barrio, todos le brindaron palabras de cariño y adhesión, deseando fervientemente su consagración deportiva.
Llegó el domingo, día del cotejo. En el horario respectivo almorzó en la concentración con los integrantes del conjunto superior, y aunque estaba muy emocionado, se lo veía aparentemente tranquilo, sin los temores y sobresaltos que lo habían preocupado días antes. Compartía la mesa con aquellos jugadores que también admiraba, los de su club, hoy transformados en sus nuevos compañeros que sobre el césped de una cancha, lucharía con las mismas ambiciones e idéntico fervor, por la victoria de los colores de la institución que representaban.
Momentos más tarde recibieron algunas instrucciones del Director Técnico, que luego se repitieron en el vestuario, y finalmente se encaminaron hacia el campo de juego. En un sector del estadio donde se encontraba la hinchada partidaria, Tomasito advirtió una gran bandera con su nombre estampado en su paño. Cuando ingresó a la cancha, una salva de aplausos lo recibió, y esa parte de la tribuna lo alentaba vigorosamente y en forma continua. Visiblemente emocionado agradecía a sus parciales levantando los brazos. Sentía como si su corazón quisiese saltar de su pecho. Por unos instantes quedó como clavado en el piso, mientras gruesos lagrimones escapaban de sus ojos.
Comenzó la lucha en medio del delirio del público asistente. Pasaron varios minutos que fueron intrascendentes, en un momento, Tomasito, que ya había puesto en serios aprietos a la defensa adversaria, tomó la pelota en un costado del campo, y mediante hábiles esquives logró situarse solo frente al arquero rival, venciéndolo sin dificultad. El estadio entero estalló en una impresionante ovación .También los simpatizantes del otro equipo en un elogiable gesto de nobleza aplaudieron la estupenda jugada del pibe, que después siguió demostrando su habilidad hasta la finalización del primer período. Más allá de su capacidad, era notorio que la suerte estaba a su favor.
El resultado no se modificó en el segundo tiempo. Tomasito no solo le había dado con su gol el triunfo a su equipo, sino que demostró sus cualidades jugando con pulcritud, calidad, y elegancia, no defraudando nunca a sus parciales. Después, vinieron otras actuaciones destacadas, nuevos éxitos, la ansiada titularidad, y su transformación en ídolo absoluto de sus seguidores. Con sus descollantes actuaciones llegó a ser un verdadero astro del balompié criollo. El periodismo deportivo elogiaba constantemente sus virtudes futbolísticas, que realmente eran muchas.
(continúa)
jueves, 14 de julio de 2011
Tragedia y Misterio en el Castillo (XIX)
La familia Lemos-Lopez Fernández
En el año 1823 el ministro don Bernardino Rivadavia propuso al gobernador de Buenos Aires invitar a ciudadanos europeos con ansias de trabajo y bienestar, a radicarse en los grandes desiertos de la zona pampeana y formar nuevos pueblos. El general Marín Rodríguez aceptó la idea de su ministro autorizándolo para concretar el proyecto, Rivadavia designó a varios contratistas que a su vez en el Viejo Continente se contactaron con labradores y artesanos, informándoles que existía en Sudamérica un país próspero y pacífico que necesitaba gente fuerte para manejar el arado, y perforar el suelo donde había riquezas inmensas para quienes se atreviesen a extraerlas. Europa en aquellos tiempos padecía de interminables guerras y soportaba la tiranía de los reyes.
En algunos de esos contingentes de inmigrantes llegaron a la Argentina los ancestros de María López Fernández y Manuel Lemos que se animaron a cruzar el océano para instalar un nuevo y feliz hogar en el territorio de las Provincias Unidas del Sur. Pasaron muchos años, y varias generaciones desde que aquellos primitivos pobladores de la Madre Patria se afincaron en nuestro país. Hombres y mujeres de distinto origen, español y criollo formaron nuevas y hermosas familias creando al mismo tiempo una raza fuerte, sana, vigorosa.
Durante el transcurso del siglo XIX descendientes de los siempre recordados pioneros, lograron hacer realidad el sueño de sus antepasados de fundar núcleos familiares con bases sólidas donde reine permanentemente el amor, la comprensión y la solidaridad Luego de un romántico noviazgo, Manuel Lemos y María López Fernández contrajeron matrimonio en Buenos Aires en 1885. La ceremonia religiosa fue celebrada en la Iglesia de La Merced (Cangallo hoy Pte. Perón y Reconquista) y asentado en la sección 13 del Registro Civil situado en la calle Defensa 327. De la unión de esa feliz pareja nacieron siete hijos: Ángel (1886), Gregorio (1895), Flora (1896), María (1899), Elena (1900), Carmen (1903) y Francisco (1907).
Don Manuel y su esposa María habían nacido en el mismo año 1864. Ambos cónyuges disfrutaban de una interesante vida social concurriendo asiduamente a diversas entidades porteñas: Buenos Aires Rowing Club en Florida 230, en la misma calle en el número 559 donde estaba instalado el “Jockey Club”. También asociados al “Club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires” situado en Cangallo 1154. En muchas ocasiones los acompañaban Tomás Lemos (hermano de Manuel) y su esposa Antonia Díaz. Luego de iniciada la relación con el matrimonio Giordano-D’Olivi, éstos se agregaron al grupo formando un verdadero núcleo elogiable y digno de ser imitado.
Tomas Lemos y Antonia Díaz
Don Tomás Lemos un auténtico ciudadano porteño, había nacido en padres españoles en 1863 en una antigua casa ubicada en piedad (Bmé. Mitre) y Ombú (Pasteur), donde también llegó a este mundo su hermano Manuel en 1864, como ya informáramos anteriormente, Antonia Días nacida en la provincia de Lugo (España), emigró junto a sus progenitores a la Argentina cuando tenía quince años. Su nacimiento data de 1867, y domiciliándose con su familia en la calle Cuyo (Sarmiento) al 700.
Años más tarde conoció a Tomás Lemos casándose en 1894 y no tuvieron descendientes. Por su parte la esposa de Manuel; María López Fernández, pertenecía a un hogar muy católico, uno de sus hermanos (Eladio) anhelaba ser sacerdote. El domicilio de este conjunto familiar estaba situado en la calle Europa (Carlos Calvo) al 900. Esta casa, como las ya nombradas, quedaron para siempre grabadas en la emocionada nostalgia de algún romántico.
Antiguos Patios Porteños
Entre quienes los habitaron durante años están los protagonistas de la presente leyenda. Evidentemente, en el viejo Buenos Aires de entonces existía una característica arquitectónica que definía con elocuencia nuestra insoslayable identidad cultural. Patios amplios con aljibe, cubiertos de glicinas o parrales y rodeados de pintorescas macetas llenas de helechos, claveles, jazmines y malvones. El piso de baldosas rojas, era común en las casas de antaño, coloniales o republicanas.
Ese era un lugar preferencial, reposable, hermoso, donde en la ronda cotidiana del mate familiar se disfrutaba de amables tertulias hogareñas con charlas y comentarios de lo sucedido en cada jornada. En ocasiones, al son de una guitarra alguien se atrevía con el canto de un tema popular o varias parejas demostraban sus habilidades bailando un tango, mientras alguna madreselva, o tal vez una camelia embellecían el lugar. También completaban una singular escenografía coloridas jaulas con vistosos pájaros que alegraban cada momento con sus melodiosos trinos.
Frente a esos recordados patios se advertían cómodas habitaciones de particular diseño. Altas puertas, grandes ventanas con pisos de madera machambrada y bien lustrados. La dueña de casa mostraba orgullosamente a los visitantes los diversos sitios de la vivienda, al mismo tiempo que los atendía con suma cortesía y dedicación. Fue una época muy grata y feliz donde la vida parecía más dichosa, y las inevitables dificultades diarias pasaban casi desapercibidas. Esos bellos tiempos pasaron para nunca más volver. Solo quedaron emotivos recuerdos en la historia escrita de un Buenos Aires que perdió para siempre aquel irrepetible encanto que comenzó en su lejana etapa de aldea.
En el año 1823 el ministro don Bernardino Rivadavia propuso al gobernador de Buenos Aires invitar a ciudadanos europeos con ansias de trabajo y bienestar, a radicarse en los grandes desiertos de la zona pampeana y formar nuevos pueblos. El general Marín Rodríguez aceptó la idea de su ministro autorizándolo para concretar el proyecto, Rivadavia designó a varios contratistas que a su vez en el Viejo Continente se contactaron con labradores y artesanos, informándoles que existía en Sudamérica un país próspero y pacífico que necesitaba gente fuerte para manejar el arado, y perforar el suelo donde había riquezas inmensas para quienes se atreviesen a extraerlas. Europa en aquellos tiempos padecía de interminables guerras y soportaba la tiranía de los reyes.
En algunos de esos contingentes de inmigrantes llegaron a la Argentina los ancestros de María López Fernández y Manuel Lemos que se animaron a cruzar el océano para instalar un nuevo y feliz hogar en el territorio de las Provincias Unidas del Sur. Pasaron muchos años, y varias generaciones desde que aquellos primitivos pobladores de la Madre Patria se afincaron en nuestro país. Hombres y mujeres de distinto origen, español y criollo formaron nuevas y hermosas familias creando al mismo tiempo una raza fuerte, sana, vigorosa.
Durante el transcurso del siglo XIX descendientes de los siempre recordados pioneros, lograron hacer realidad el sueño de sus antepasados de fundar núcleos familiares con bases sólidas donde reine permanentemente el amor, la comprensión y la solidaridad Luego de un romántico noviazgo, Manuel Lemos y María López Fernández contrajeron matrimonio en Buenos Aires en 1885. La ceremonia religiosa fue celebrada en la Iglesia de La Merced (Cangallo hoy Pte. Perón y Reconquista) y asentado en la sección 13 del Registro Civil situado en la calle Defensa 327. De la unión de esa feliz pareja nacieron siete hijos: Ángel (1886), Gregorio (1895), Flora (1896), María (1899), Elena (1900), Carmen (1903) y Francisco (1907).
Don Manuel y su esposa María habían nacido en el mismo año 1864. Ambos cónyuges disfrutaban de una interesante vida social concurriendo asiduamente a diversas entidades porteñas: Buenos Aires Rowing Club en Florida 230, en la misma calle en el número 559 donde estaba instalado el “Jockey Club”. También asociados al “Club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires” situado en Cangallo 1154. En muchas ocasiones los acompañaban Tomás Lemos (hermano de Manuel) y su esposa Antonia Díaz. Luego de iniciada la relación con el matrimonio Giordano-D’Olivi, éstos se agregaron al grupo formando un verdadero núcleo elogiable y digno de ser imitado.
Tomas Lemos y Antonia Díaz
Don Tomás Lemos un auténtico ciudadano porteño, había nacido en padres españoles en 1863 en una antigua casa ubicada en piedad (Bmé. Mitre) y Ombú (Pasteur), donde también llegó a este mundo su hermano Manuel en 1864, como ya informáramos anteriormente, Antonia Días nacida en la provincia de Lugo (España), emigró junto a sus progenitores a la Argentina cuando tenía quince años. Su nacimiento data de 1867, y domiciliándose con su familia en la calle Cuyo (Sarmiento) al 700.
Años más tarde conoció a Tomás Lemos casándose en 1894 y no tuvieron descendientes. Por su parte la esposa de Manuel; María López Fernández, pertenecía a un hogar muy católico, uno de sus hermanos (Eladio) anhelaba ser sacerdote. El domicilio de este conjunto familiar estaba situado en la calle Europa (Carlos Calvo) al 900. Esta casa, como las ya nombradas, quedaron para siempre grabadas en la emocionada nostalgia de algún romántico.
Antiguos Patios Porteños
Entre quienes los habitaron durante años están los protagonistas de la presente leyenda. Evidentemente, en el viejo Buenos Aires de entonces existía una característica arquitectónica que definía con elocuencia nuestra insoslayable identidad cultural. Patios amplios con aljibe, cubiertos de glicinas o parrales y rodeados de pintorescas macetas llenas de helechos, claveles, jazmines y malvones. El piso de baldosas rojas, era común en las casas de antaño, coloniales o republicanas.
Ese era un lugar preferencial, reposable, hermoso, donde en la ronda cotidiana del mate familiar se disfrutaba de amables tertulias hogareñas con charlas y comentarios de lo sucedido en cada jornada. En ocasiones, al son de una guitarra alguien se atrevía con el canto de un tema popular o varias parejas demostraban sus habilidades bailando un tango, mientras alguna madreselva, o tal vez una camelia embellecían el lugar. También completaban una singular escenografía coloridas jaulas con vistosos pájaros que alegraban cada momento con sus melodiosos trinos.
Frente a esos recordados patios se advertían cómodas habitaciones de particular diseño. Altas puertas, grandes ventanas con pisos de madera machambrada y bien lustrados. La dueña de casa mostraba orgullosamente a los visitantes los diversos sitios de la vivienda, al mismo tiempo que los atendía con suma cortesía y dedicación. Fue una época muy grata y feliz donde la vida parecía más dichosa, y las inevitables dificultades diarias pasaban casi desapercibidas. Esos bellos tiempos pasaron para nunca más volver. Solo quedaron emotivos recuerdos en la historia escrita de un Buenos Aires que perdió para siempre aquel irrepetible encanto que comenzó en su lejana etapa de aldea.
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martes, 28 de junio de 2011
TOMASITO (II)
por “El Zorzal” (ISABELINO ESPINOSA)
En la etapa de su adolescencia, continuó su carrera ascendente en ese deporte que había elegido. Jugaba con gran aceptación en una conocida entidad del barrio porteño de Villa del Parque, donde residía. Todos coincidían en afirmar, que podría ya ingresar a un club afiliado y una vez, el destino le presentó esa instancia tan deseada; mientras integraba su equipo en un partido que se realizaba en uno de los “potreros” de la zona, fue visto por un representante de una popular institución capitalina, que lo convenció para ingresar al plantel de la misma, en sus divisiones inferiores. Allí jugó muy bien durante dos temporadas, evidenciando llamativos progresos, veloz, hábil y oportunista a quien no se podía descuidar nunca, sin duda alguna, aparecía como una promesa de jugador de relieves poco comunes, con un porvenir, brillante y promisorio.
Se había afianzado en el puesto de centro delantero, y ya actuaba en la cuarta división con excelentes perspectivas. Fue siempre un humilde muchacho, sin vanidad ni soberbia, amable y buen compañero, por tal causa todos les deseaban una exitosa trayectoria como jugador profesional si alguna vez tenía esa posibilidad.
Una tarde, cuando estaba efectuando una sesión de entrenamiento, apareció un señor con aspecto de directivo que solicitó su presencia. Tomasito acudió al llamado y el hombre sin muchos preámbulos le dijo: “En el próximo partido jugará en la primera, ya lo hemos decidido” y antes que el pibe pudiera decir algo, prosiguió: “No desaproveches la oportunidad, es muy posible que por tus condiciones, pronto serás el titular, esa es nuestra opinión”.
El joven futbolista se encontraba bastante turbado por lo que acababa de oír, y no atinó una respuesta adecuada.
Quería confesar que no se animaba a tal responsabilidad, que tenía miedo a afrontar esta situación, y otras expresiones que no pudo dar a conocer a esa persona porque las palabras se negaban a ser pronunciadas. Sintió en su rostro la palmada cariñosa del dirigente de su club, que volvió a repetir sus manifestaciones anteriores de aliento y total confianza, luego el hombre se retiró del campo de juego, seguramente, con la certeza de haber logrado sus propósitos.
Seguidamente, el muchacho se dirigió a los vestuarios. Allí se sentó, y por unos instantes quedó inmóvil, con gesto de preocupación e incertidumbre.
A pesar de haber esperado siempre una ocasión que ahora se le presentaba, en esa circunstancia no la consideró realmente oportuna ni provechosa. El mismo no lo entendía… ¿por qué esas dudas? ¿acaso no se sentía seguro de sus condiciones?
(Continuará)
En la etapa de su adolescencia, continuó su carrera ascendente en ese deporte que había elegido. Jugaba con gran aceptación en una conocida entidad del barrio porteño de Villa del Parque, donde residía. Todos coincidían en afirmar, que podría ya ingresar a un club afiliado y una vez, el destino le presentó esa instancia tan deseada; mientras integraba su equipo en un partido que se realizaba en uno de los “potreros” de la zona, fue visto por un representante de una popular institución capitalina, que lo convenció para ingresar al plantel de la misma, en sus divisiones inferiores. Allí jugó muy bien durante dos temporadas, evidenciando llamativos progresos, veloz, hábil y oportunista a quien no se podía descuidar nunca, sin duda alguna, aparecía como una promesa de jugador de relieves poco comunes, con un porvenir, brillante y promisorio.
Se había afianzado en el puesto de centro delantero, y ya actuaba en la cuarta división con excelentes perspectivas. Fue siempre un humilde muchacho, sin vanidad ni soberbia, amable y buen compañero, por tal causa todos les deseaban una exitosa trayectoria como jugador profesional si alguna vez tenía esa posibilidad.
Una tarde, cuando estaba efectuando una sesión de entrenamiento, apareció un señor con aspecto de directivo que solicitó su presencia. Tomasito acudió al llamado y el hombre sin muchos preámbulos le dijo: “En el próximo partido jugará en la primera, ya lo hemos decidido” y antes que el pibe pudiera decir algo, prosiguió: “No desaproveches la oportunidad, es muy posible que por tus condiciones, pronto serás el titular, esa es nuestra opinión”.
El joven futbolista se encontraba bastante turbado por lo que acababa de oír, y no atinó una respuesta adecuada.
Quería confesar que no se animaba a tal responsabilidad, que tenía miedo a afrontar esta situación, y otras expresiones que no pudo dar a conocer a esa persona porque las palabras se negaban a ser pronunciadas. Sintió en su rostro la palmada cariñosa del dirigente de su club, que volvió a repetir sus manifestaciones anteriores de aliento y total confianza, luego el hombre se retiró del campo de juego, seguramente, con la certeza de haber logrado sus propósitos.
Seguidamente, el muchacho se dirigió a los vestuarios. Allí se sentó, y por unos instantes quedó inmóvil, con gesto de preocupación e incertidumbre.
A pesar de haber esperado siempre una ocasión que ahora se le presentaba, en esa circunstancia no la consideró realmente oportuna ni provechosa. El mismo no lo entendía… ¿por qué esas dudas? ¿acaso no se sentía seguro de sus condiciones?
(Continuará)
miércoles, 15 de junio de 2011
Tragedia y Misterio en el Castillo (XVIII)
Algunas Reflexiones
Con referencia a los hechos comentados en las páginas anteriores relacionados con aspectos de muy vieja data del monumental edificio, podemos informar al respecto que la totalidad de los datos e informaciones aportadas, son producto de relatos efectuados por quienes tuvieron el privilegio de estar presentes en aquellas pretéritas etapas de nuestro barrio.
Esa importante información llega hoy a través de viejos manuscritos y también de antiguos vecinos que brindaron su palabra autorizada a sus descendientes, para que el olvido no pudiese borrar las huellas del ayer y para que los auténticos protagonistas de la historia parquense, permanezcan por siempre en los recuerdos de todos sus pobladores. No somos soberbios ni vanidosos en creernos dueños de la verdad absoluta, nadie jamás puede jactarse tratándose de narraciones y fidedignas noticias. Realmente una absurda e irrisoria utopía. El más experimentado y completo historiador de cualquier época, si no ha vivido el momento del cual se ocupa, es muy posible que cometa indeseables errores en citas, fechas, y algún otro acontecimiento específico, que bien sabemos, son generalmente "herencias" de antepasados quienes contaron o escribieron sobre determinados temas y aunque, sin ninguna duda, lo hayan encarado con justeza y total honestidad.
Tal el caso de quien suscribe esta serie de notas en “Su Revista” y “Villa del Parque.com”. Sus primeros informantes han sido en primer término sus progenitores, su padrino don Daniel García y los antiguos vecinos de Villa del Parque; Aquilino Colombo, José Caggiano, Manuel Blanco y Gregorio Canibe. En cierta ocasión el destino determinó que se sumara a las aludidas personas la señora Rosario Velasco, que sin proponérselo e impensadamente llegó para alojarse precisamente en el domicilio de quienes tuvieron alguna vez, relación directa con la atrapante historia del palacio parquense. Un cúmulo de casualidades que ayudaron evidentemente a armar el rompecabezas de una leyenda que será para siempre un auténtico referente de nuestro barrio. La señora Rosario aportó sus propias experiencias, sus valiosos testimonios, colaborando eficazmente con sus narraciones aclaratorias de episodios que pudieron presentarse confusos o no ajustarse a la realidad plena. Esta señora merece ser recordada con mucho afecto y emoción. Las presentes reflexiones tienen un motivo puntual y directo, dirigidas específicamente a quiénes en algún momento (vaya uno a saber con que intenciones), catalogaron de espúrio nuestro trabajo de investigación. Lo hicieron siempre con total eufemismo disfrazando sus críticas con forzado decoro y suavidad extrema. No se le puede objetar a nadie el derecho a disentir, eso es bien cierto, pero tal actitud no debe estar manchada con especulaciones de enfermizo origen, como lo son la envidia, el odio y la soberbia. Con semejantes atributos negativos nunca se llega a buen puerto. Humildemente sugerimos aunar esfuerzos en la búsqueda de nuevas evidencias, intercambiar opiniones, corregir errores si los hubiere, escuchar a los que más saben, etc. etc.
Así, de esa forma, los historiadores mancomunados en una misma tarea, sin recelos ni apetencias personales de protagonismo, llegarían al logro del anhelo común, saber cada día más y mejor sobre los intrincados misterios que preocuparon por largos años a toda la población parquense y que aún no han sido aclarados debidamente, como tampoco lo fue la verdadera fecha en la cual se instalaron en el barrio los primeros vecinos. Más allá de las innumerables versiones sobre la compra del predio y el año de la construcción de la esbelta estructura de la calle Campana, que han sido siempre materia de discusión y desacuerdos, consenso y disentimientos.
Una búsqueda con escaso éxito
Pacientemente, en distintas oportunidades, en nuestra cotidiana tarea investigativa tratamos vanamente de conseguir información periodística acerca de lo ocurrido en aquel fatídico domingo 2 de abril de 1911. Para tal fin fueron consultados lo importantes y completos archivos que poseen los más prestigiosos diarios capitalinos de aquellos tiempos, y además en las grandes bibliotecas populares de Buenos Aires, agregándose otras también muy valiosas de patrimonio particular y privado.
A pesar de la intensa y prolongada búsqueda no fue posible encontrar notas de lo sucedido en la nombrada fecha.
Por consiguiente, hay que ajustarse a los dichos que provienen de venerados ancestros. Ellos dijeron en muchas ocasiones que el padre de la joven accidentada, prohibió terminantemente la publicación total o parcial de la catástrofe. Amistades de renombre y poderosos personajes de la época contribuyeron grandemente en su petición. De tal modo, todo intento por obtener noticias reales fue canalizado por narraciones y trascendidos de quienes con probada honorabilidad, decoro y deseos de colaboración, dejaron para la posteridad la confesión de los más ocultos secretos e informes que la historia pudo haber tenido en cuenta o no. En nuestro caso aceptamos a esa fuente de datos, pues la consideramos totalmente honrada y por lo tanto confiable. El libre albedrío que disfruta cada historiador hará que se oponga o dé su consentimiento a toda la información recibida.
Con referencia a los hechos comentados en las páginas anteriores relacionados con aspectos de muy vieja data del monumental edificio, podemos informar al respecto que la totalidad de los datos e informaciones aportadas, son producto de relatos efectuados por quienes tuvieron el privilegio de estar presentes en aquellas pretéritas etapas de nuestro barrio.
Esa importante información llega hoy a través de viejos manuscritos y también de antiguos vecinos que brindaron su palabra autorizada a sus descendientes, para que el olvido no pudiese borrar las huellas del ayer y para que los auténticos protagonistas de la historia parquense, permanezcan por siempre en los recuerdos de todos sus pobladores. No somos soberbios ni vanidosos en creernos dueños de la verdad absoluta, nadie jamás puede jactarse tratándose de narraciones y fidedignas noticias. Realmente una absurda e irrisoria utopía. El más experimentado y completo historiador de cualquier época, si no ha vivido el momento del cual se ocupa, es muy posible que cometa indeseables errores en citas, fechas, y algún otro acontecimiento específico, que bien sabemos, son generalmente "herencias" de antepasados quienes contaron o escribieron sobre determinados temas y aunque, sin ninguna duda, lo hayan encarado con justeza y total honestidad.
Tal el caso de quien suscribe esta serie de notas en “Su Revista” y “Villa del Parque.com”. Sus primeros informantes han sido en primer término sus progenitores, su padrino don Daniel García y los antiguos vecinos de Villa del Parque; Aquilino Colombo, José Caggiano, Manuel Blanco y Gregorio Canibe. En cierta ocasión el destino determinó que se sumara a las aludidas personas la señora Rosario Velasco, que sin proponérselo e impensadamente llegó para alojarse precisamente en el domicilio de quienes tuvieron alguna vez, relación directa con la atrapante historia del palacio parquense. Un cúmulo de casualidades que ayudaron evidentemente a armar el rompecabezas de una leyenda que será para siempre un auténtico referente de nuestro barrio. La señora Rosario aportó sus propias experiencias, sus valiosos testimonios, colaborando eficazmente con sus narraciones aclaratorias de episodios que pudieron presentarse confusos o no ajustarse a la realidad plena. Esta señora merece ser recordada con mucho afecto y emoción. Las presentes reflexiones tienen un motivo puntual y directo, dirigidas específicamente a quiénes en algún momento (vaya uno a saber con que intenciones), catalogaron de espúrio nuestro trabajo de investigación. Lo hicieron siempre con total eufemismo disfrazando sus críticas con forzado decoro y suavidad extrema. No se le puede objetar a nadie el derecho a disentir, eso es bien cierto, pero tal actitud no debe estar manchada con especulaciones de enfermizo origen, como lo son la envidia, el odio y la soberbia. Con semejantes atributos negativos nunca se llega a buen puerto. Humildemente sugerimos aunar esfuerzos en la búsqueda de nuevas evidencias, intercambiar opiniones, corregir errores si los hubiere, escuchar a los que más saben, etc. etc.
Así, de esa forma, los historiadores mancomunados en una misma tarea, sin recelos ni apetencias personales de protagonismo, llegarían al logro del anhelo común, saber cada día más y mejor sobre los intrincados misterios que preocuparon por largos años a toda la población parquense y que aún no han sido aclarados debidamente, como tampoco lo fue la verdadera fecha en la cual se instalaron en el barrio los primeros vecinos. Más allá de las innumerables versiones sobre la compra del predio y el año de la construcción de la esbelta estructura de la calle Campana, que han sido siempre materia de discusión y desacuerdos, consenso y disentimientos.
Una búsqueda con escaso éxito
Pacientemente, en distintas oportunidades, en nuestra cotidiana tarea investigativa tratamos vanamente de conseguir información periodística acerca de lo ocurrido en aquel fatídico domingo 2 de abril de 1911. Para tal fin fueron consultados lo importantes y completos archivos que poseen los más prestigiosos diarios capitalinos de aquellos tiempos, y además en las grandes bibliotecas populares de Buenos Aires, agregándose otras también muy valiosas de patrimonio particular y privado.
A pesar de la intensa y prolongada búsqueda no fue posible encontrar notas de lo sucedido en la nombrada fecha.
Por consiguiente, hay que ajustarse a los dichos que provienen de venerados ancestros. Ellos dijeron en muchas ocasiones que el padre de la joven accidentada, prohibió terminantemente la publicación total o parcial de la catástrofe. Amistades de renombre y poderosos personajes de la época contribuyeron grandemente en su petición. De tal modo, todo intento por obtener noticias reales fue canalizado por narraciones y trascendidos de quienes con probada honorabilidad, decoro y deseos de colaboración, dejaron para la posteridad la confesión de los más ocultos secretos e informes que la historia pudo haber tenido en cuenta o no. En nuestro caso aceptamos a esa fuente de datos, pues la consideramos totalmente honrada y por lo tanto confiable. El libre albedrío que disfruta cada historiador hará que se oponga o dé su consentimiento a toda la información recibida.
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lunes, 30 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
Tragedia y Misterio en el Castillo (XVII)
EL PALACIO EMBRUJADO
Con relación al último tramo de la parte XV de esta historia, cabe expresar que después de la conocida tragedia ocurrida sobre las vías ferroviarias de Villa del Parque y aproximadamente al cumplirse el primer aniversario de tan triste acontecimiento, comenzaron a comprobarse situaciones al margen de la normalidad: puertas y ventanas que se abrían y cerraban misteriosamente, caídas al suelo de floreros, frascos y elementos de la vajilla diaria, golpes en el piso en habitaciones totalmente vacías, imágenes de personas que traspasaban las paredes, ruidos extraños de origen desconocido, etc. Se efectuaron en distintas épocas varias investigaciones mediante la parapsicología, ciencia que estudia los fenómenos paranormales, aquellos considerados como manifestaciones sobrenaturales.
Una extrema curiosidad alteraba a todo el vecindario. También se acudió a otra corriente científica, el espiritismo, debido a que se pensó en determinado momento la utilidad de esa doctrina para comprender e ilustrar sobre los hechos raros y confusos que sucedían dentro del “Castillo de los Fantasmas” y sus alrededores.
En páginas anteriores se informa que alguien fue consultado para tal fin. Se ocupó del problema y dio luego una explicación creíble o no, pero de todos modos atendible y respetada: el “médium” señor D’Ángelo. En esas declaraciones decía puntualmente: “Todo humano posee un ser material donde se aloja su alma hasta el fin de su vida, luego abandona ese cuerpo y se transforma en una especie de envoltura etérea, invisible, que en ciertas ocasiones puede llegar a ser visible para nosotros, y además, advertir su presencia a través de la vista, el tacto y el oído. Los espíritus son distintos en cuanto a la moralidad, el poder y la inteligencia. Los hay de una clase superior por su perfección, amor al bien, pureza de sentimientos, y un claro acercamiento a Dios.
Otras, en cambio, aparecen en un plano inferior donde priorizan el orgullo, la envidia, la soberbia, complaciéndose en causar situaciones maléficas y malvadas a quienes aún pertenecen al mundo terrenal. Se los denomina duendes o espíritus impuros, capaces de entorpecer y causar desazón en el ánimo de cualquier encarnado. En esa equivocación que cometen se incluye también la producción de miedos y sobresaltos con el solo propósito de crear contratiempos, terror, discordia e infortunio, atrapados por mezquinas pasiones”.
Las afirmaciones del señor D’Ángelo continuaron así: “Es muy probable que los fenómenos paranormales observados en el palacio de la calle Campana hayan sido producto de la intervención de espíritus imperfectos, errantes, que aún no habían alcanzado la elevación y la pureza de las clases superiores”.
Quizás los mismos que impidieron de alguna manera el relato de la leyenda, que algunos periodistas intentaron iniciar durante las primeras décadas del pasado siglo XX, y que hoy (a pesar de la aparición de varias dificultades) se ha logrado finalmente su total narración.
UN EXTRAÑO Y CURIOSO EPISODIO
Año 1928 y el último mes lectivo de la escuela primaria “Caras y Caretas” situada en la calle Bahía Blanca 2246 cerca de una importante arteria; Jonte. Aproximadamente treinta alumnos asistían al curso de Tercer Grado. Eran chicos pertenecientes a los barrios de Monte Castro y Villa del Parque, debido a su proximidad con ese instituto de enseñanza. Todos integrantes de laboriosas familias de la zona y de modesta condición social, cuya máxima preocupación era la correcta educación de sus hijos.
Por su esmerada dedicación al estudio y el buen comportamiento durante todo ese año la maestra los premiaba con un viaje al interesante “Museo Histórico Nacional” y al “Parque Lezama”. Después de una hermosa clase sobre historia argentina la docente, Silvia Gold, hizo el anuncio. Los pequeños estudiantes recibieron con mucha alegría la feliz noticia. Llegó por fin el día indicado y en horas de la mañana de una excepcional jornada de primavera, estacionó frente a la escuela un amplio vehículo denominado en esa época “bañadera”, donde se instalaron cómodamente la totalidad de los niños que realizarían el paseo. El bullicio infantil, la sana alegría y la auténtica felicidad cubrían todo el ámbito del colegio y sus adyacencias. Nada hacía presumir alguna anormalidad o inconveniente, pues todo se desarrollaba de acuerdo a lo previsto.
Ya próximos a partir la algarabía reinaba dentro de aquel inquieto conjunto escolar. De pronto, algunos familiares de los chicos presentes iniciaron una conversación mencionando al trágico accidento ocurrido en 1911, donde perdieron la vida Lucía y Ángel. Luego de esa referencia, casi instantáneamente en las dependencias interiores de la escuela, el portero y su esposa alejados y ajenos a lo que sucedía frente al edificio, sufrieron una repentina descompensación con fuertes dolores de cabeza y vómitos. Varias personas que se acercaron solidariamente en su ayuda a los pocos instantes padecían de los mismos síntomas. Todo tuvo una duración aproximada de una hora. La oportunidad nula de acudir a los servicios médicos que no existían en la zona en aquellos tiempos quizás agravó la situación.
En definitiva, los chicos perdieron el paseo y la amargura se vio registrada en todos los rostros que no disimulaban su disgusto, frustración y justificada pena. ¿Qué es lo que había pasado?, ¿fue obra de la casualidad?, ¿hay alguna respuesta capaz de disipar dudas?. Lo cierto y real es que fue un extraño y curioso episodio.
Con relación al último tramo de la parte XV de esta historia, cabe expresar que después de la conocida tragedia ocurrida sobre las vías ferroviarias de Villa del Parque y aproximadamente al cumplirse el primer aniversario de tan triste acontecimiento, comenzaron a comprobarse situaciones al margen de la normalidad: puertas y ventanas que se abrían y cerraban misteriosamente, caídas al suelo de floreros, frascos y elementos de la vajilla diaria, golpes en el piso en habitaciones totalmente vacías, imágenes de personas que traspasaban las paredes, ruidos extraños de origen desconocido, etc. Se efectuaron en distintas épocas varias investigaciones mediante la parapsicología, ciencia que estudia los fenómenos paranormales, aquellos considerados como manifestaciones sobrenaturales.
Una extrema curiosidad alteraba a todo el vecindario. También se acudió a otra corriente científica, el espiritismo, debido a que se pensó en determinado momento la utilidad de esa doctrina para comprender e ilustrar sobre los hechos raros y confusos que sucedían dentro del “Castillo de los Fantasmas” y sus alrededores.
En páginas anteriores se informa que alguien fue consultado para tal fin. Se ocupó del problema y dio luego una explicación creíble o no, pero de todos modos atendible y respetada: el “médium” señor D’Ángelo. En esas declaraciones decía puntualmente: “Todo humano posee un ser material donde se aloja su alma hasta el fin de su vida, luego abandona ese cuerpo y se transforma en una especie de envoltura etérea, invisible, que en ciertas ocasiones puede llegar a ser visible para nosotros, y además, advertir su presencia a través de la vista, el tacto y el oído. Los espíritus son distintos en cuanto a la moralidad, el poder y la inteligencia. Los hay de una clase superior por su perfección, amor al bien, pureza de sentimientos, y un claro acercamiento a Dios.
Otras, en cambio, aparecen en un plano inferior donde priorizan el orgullo, la envidia, la soberbia, complaciéndose en causar situaciones maléficas y malvadas a quienes aún pertenecen al mundo terrenal. Se los denomina duendes o espíritus impuros, capaces de entorpecer y causar desazón en el ánimo de cualquier encarnado. En esa equivocación que cometen se incluye también la producción de miedos y sobresaltos con el solo propósito de crear contratiempos, terror, discordia e infortunio, atrapados por mezquinas pasiones”.
Las afirmaciones del señor D’Ángelo continuaron así: “Es muy probable que los fenómenos paranormales observados en el palacio de la calle Campana hayan sido producto de la intervención de espíritus imperfectos, errantes, que aún no habían alcanzado la elevación y la pureza de las clases superiores”.
Quizás los mismos que impidieron de alguna manera el relato de la leyenda, que algunos periodistas intentaron iniciar durante las primeras décadas del pasado siglo XX, y que hoy (a pesar de la aparición de varias dificultades) se ha logrado finalmente su total narración.
UN EXTRAÑO Y CURIOSO EPISODIO
Año 1928 y el último mes lectivo de la escuela primaria “Caras y Caretas” situada en la calle Bahía Blanca 2246 cerca de una importante arteria; Jonte. Aproximadamente treinta alumnos asistían al curso de Tercer Grado. Eran chicos pertenecientes a los barrios de Monte Castro y Villa del Parque, debido a su proximidad con ese instituto de enseñanza. Todos integrantes de laboriosas familias de la zona y de modesta condición social, cuya máxima preocupación era la correcta educación de sus hijos.
Por su esmerada dedicación al estudio y el buen comportamiento durante todo ese año la maestra los premiaba con un viaje al interesante “Museo Histórico Nacional” y al “Parque Lezama”. Después de una hermosa clase sobre historia argentina la docente, Silvia Gold, hizo el anuncio. Los pequeños estudiantes recibieron con mucha alegría la feliz noticia. Llegó por fin el día indicado y en horas de la mañana de una excepcional jornada de primavera, estacionó frente a la escuela un amplio vehículo denominado en esa época “bañadera”, donde se instalaron cómodamente la totalidad de los niños que realizarían el paseo. El bullicio infantil, la sana alegría y la auténtica felicidad cubrían todo el ámbito del colegio y sus adyacencias. Nada hacía presumir alguna anormalidad o inconveniente, pues todo se desarrollaba de acuerdo a lo previsto.
Ya próximos a partir la algarabía reinaba dentro de aquel inquieto conjunto escolar. De pronto, algunos familiares de los chicos presentes iniciaron una conversación mencionando al trágico accidento ocurrido en 1911, donde perdieron la vida Lucía y Ángel. Luego de esa referencia, casi instantáneamente en las dependencias interiores de la escuela, el portero y su esposa alejados y ajenos a lo que sucedía frente al edificio, sufrieron una repentina descompensación con fuertes dolores de cabeza y vómitos. Varias personas que se acercaron solidariamente en su ayuda a los pocos instantes padecían de los mismos síntomas. Todo tuvo una duración aproximada de una hora. La oportunidad nula de acudir a los servicios médicos que no existían en la zona en aquellos tiempos quizás agravó la situación.
En definitiva, los chicos perdieron el paseo y la amargura se vio registrada en todos los rostros que no disimulaban su disgusto, frustración y justificada pena. ¿Qué es lo que había pasado?, ¿fue obra de la casualidad?, ¿hay alguna respuesta capaz de disipar dudas?. Lo cierto y real es que fue un extraño y curioso episodio.
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